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Uno de los últimos post de Francisco Torreblanca, La actitud en el punto de venta, analiza el comportamiento los responsables de venta, como últimos representantes de la marca. “Son comportamientos no conscientes pero que podemos corregir y mejorar. No es una crítica, es una alerta, porque las marcas hoy no pueden permitirse estos privilegios…”

Este “tirón de orejas”, disfrazado de advertencia, me sirve para introducir lo que, hoy por hoy, supone un quebradero de cabeza para la mayor parte de las marcas existentes.

¿Pueden las marcas permitirse estos excesos, aunque tenga un gran producto o servicio? ¿Sean grandes o pequeñas?

Lo cierto es que no. Porque tal y como apunta Torreblanca, son pequeños detalles que marcan una gran diferencia. Ya no basta tener el mejor producto o servicio, el diseño más atractivo o el servicio post venta más eficiente. Todo tiene que seguir el mismo discurso de principio a fin. Necesitan un elemento diferenciador, algo que ayude a lo tangible a generar un valor añadido.

Valor añadido

Humanización de la marca

Ha llegado la gran oportunidad para lo intangible.

Muchas veces no es falta de profesionalidad, ni siquiera de Knowhow. Probablemente no se le ha dado la importancia que se merece a la actitud o  al papel  fundamental que juegan los valores.

Con ello me refiero a una herramienta de liderazgo y dirección empresarial llamada Dirección por Valores (DpV). Esta herramienta permitiría establecer una conexión entre los valores de marca y los valores, inherentes, de los trabajadores, creando una alineación, entre ambos, y un mayor sentimiento de pertenencia.

DpV

Dirección Por Valores

¿Sería más eficiente una marca que tuviera empleados que representaran esos valores de forma natural? ¿Serían sus empleados más eficientes si no tuvieran que fingir, lo que no son, trabajando para una marca que predica con sus creencias? ¿Podríamos generar valor añadido? ¿Sería la herramienta de diferenciación frente a la competencia?

Todas esas preguntas seguramente estén buscando sus respuestas en la DpV.

 

 

 

 

 

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No es tan raro que la infidelidad, a pesar de lo que ha cambiado el mundo, es uno de los principales motivos de divorcio en el mundo entero. Y si llegamos a traicionar la confianza de una persona a la que amamos, imagínense lo que somos capaces de hacerle a una marca.

Para mí el mundo de las marcas han tenido 3 etapas hasta el día de hoy: expansionista, socialmente responsable y humana. De hecho, es bastante paradójico vivir en una sociedad en la que existe la necesidad de digitalizarse, mientras que a las marcas se les exige humanización y empatía para ganarse el afecto de su público.

Ahora hay que vender más que nunca, tenemos que diferenciarnos… Ya no sirven de nada las promesas de no explotar en el tercer mundo, de preservar el medio ambiente, o de realizar labores sociales en la comunidad. Ahora las marcas van a querer ser nuestros “colegas”. Van a preocuparse de como estamos, incluso van a ser testigos de dónde nos vamos en verano. Ahora ha llegado el community manager. Él/ella  será el alma y la voz que interiorice nuestra filosofía, nuestros valores de marca… todo sea por vender. Vamos a generar engagement, o lazos de unión.

Sin embargo, las marcas siguen siendo marcas y su cometido es vender. Pero a diferencia de otros tiempos, su sobreexposición genera un arma de doble filo. Si haces daño a uno puede hacer que se subleven cientos. Del mismo modo que si tu competencia regala algo, te abandonan sin piedad.

Cuántos quebraderos de cabeza, cuántos informes y en definitiva, cuántos cambios en tu estrategia para gustar, para fidelizar… si tu relación cambia en un click.